EL TIJERAZO A LOS PARTIDOS: CUANDO LA AUSTERIDAD SE CONVIERTE EN VENTAJA POLÍTICA
Menos dinero para todos… excepto para quien ya controla el poder
Por: José Abreú
En política, nada ocurre por accidente.
Y mucho menos cuando una medida impopular en el pasado se convierte, de repente, en una decisión aplaudida por la mayoría.
El recorte del 50% a los fondos de los partidos políticos anunciado por el presidente Luis Abinader no es solo un acto de austeridad. Es una jugada que merece ser analizada con lupa.
Porque detrás del discurso de ahorro —justificado por la crisis internacional, el aumento del petróleo y la necesidad de liberar recursos— hay algo más profundo: el rediseño silencioso del terreno político dominicano.
Durante meses, la opinión pública fue llevada en una dirección muy específica.
Se repitió una idea hasta convertirla en verdad colectiva:
“Los partidos reciben demasiado dinero.”
Se amplificó en medios.
Se viralizó en redes.
Se reforzó con encuestas.
El resultado es evidente: una población preparada para aplaudir el recorte… sin detenerse a pensar en sus consecuencias.
Y aquí es donde el análisis se vuelve incómodo.
Porque el recorte no afecta a todos por igual.
En teoría, sí.
En la práctica, no.
El Partido Revolucionario Moderno no es un partido cualquiera. Es el partido de gobierno. Tiene ministros, directores, embajadores, estructuras institucionales completas. Tiene visibilidad permanente, capacidad de agenda y control del aparato estatal.
En pocas palabras: no depende del financiamiento partidario para existir políticamente.
La oposición, sí.
Los partidos que no están en el poder —grandes, medianos o emergentes— dependen de esos fondos para operar, movilizarse, comunicar y competir.
Quitarles la mitad de esos recursos no es un ajuste.
Es una amputación.
Y mientras eso ocurre, el partido en el poder sigue jugando con todas sus piezas en el tablero.
¿Resultado?
Una competencia desigual.
Un terreno inclinado.
Una democracia que empieza a perder equilibrio sin que muchos lo noten.
Porque este no es un golpe frontal.
Es más sofisticado.
Se construye paso a paso.
Primero se crea la percepción.
Luego se legitima con encuestas.
Después se ejecuta la medida.
Y finalmente… se consolida el control.
El elemento más peligroso no es el recorte en sí.
Es el momento.
Si esta política se mantiene en los presupuestos de 2027 y 2028, el impacto será directo en el proceso electoral. Y ahí ya no hablamos de teoría. Hablamos de una oposición debilitada frente a un oficialismo fortalecido estructuralmente.
La historia ya ha contado este cuento.
En México, el dominio del Partido Revolucionario Institucional no se sostuvo solo en votos, sino en un sistema donde el poder se reforzaba a sí mismo.
No se impone de golpe.
Se construye.
Se protege.
Se perpetúa.
¿Es eso lo que está ocurriendo en la República Dominicana?
Esa es la pregunta que muchos prefieren no hacer.
Porque la medida es popular.
Y lo popular, en política, muchas veces es intocable.
Pero la democracia no se mide por aplausos.
Se mide por equilibrio.
Por reglas claras.
Por competencia real.
Reducir el financiamiento sin fortalecer los controles, sin blindar la equidad, sin garantizar condiciones iguales… no es austeridad.
Es ventaja.
Y cuando la ventaja se vuelve estructural, deja de ser política.
Se convierte en poder sin contrapesos.
Hoy se celebra el ahorro.
Mañana puede lamentarse el desequilibrio.
Porque cuando un sistema político deja de competir en igualdad de condiciones, el problema no es quién gana.
El problema es que los demás dejan de tener posibilidades reales de hacerlo.
Y en ese punto, la democracia no desaparece.
Pero empieza a parecerse peligrosamente a algo que ya la historia conoce demasiado bien.
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